domingo, 1 de octubre de 2017



Son las cinco de la tarde de un jueves que podría ser cualquiera, de hecho un poco lo es, el otro poco lo despierta alguna mirada clave que se cruza por ahí.

El colectivo arranca y logro sentarme por suerte y rapidez en uno de los primeros asientos. Siempre me hicieron sentir que al ocuparlos tenía que estar en una constante atención y especie de debate moral para, llegado el caso, saber cuándo cederlo. Supongo que algo de eso me hace estar más alerta durante la hora y pico de viaje que acabo de emprender.

Parada a parada, el colectivo se llena de un flujo de hombres parecidos entre sí. Se llena al máximo y se orquesta una masa heterogénea que se mueve, se acomoda, se incomoda, se encastra y a su manera, es triste y es belleza.
Comparten íntimamente las falencias y el espacio. El peso del cansancio en los rostros, la risa resignada y la costumbre en sus espaldas. Las manos sucias y la piel ajetreada de un sol acumulado que les llenó de surcos la cara.
Sus edades son variadas, pero conforman un mismo tiempo uniforme, constante. Cada vez son más y entre ellos buscan amoldarse, apretarse, hacer huecos en el colapso, aguantando la expansión, reteniendo los huesos y la respiración, para que ninguno quede abajo.
De vez en cuando, alguno larga un quejido de haber estado vaya a saber cuántas horas trabajando, resistiendo, doblegando.

Quiero darle el asiento al del suspiro, o al de los ojos grises que debe tener la edad de mi abuelo, o al que llegue a sentarse primero. Son muchos y no puedo elegir, no quiero que se siente uno, quiero que se sienten todos. Al que se lo ofrezca puedo herirlo en su única gloria de fortaleza pública. A mí no me importa, pero a él, es probable que sí.

Bueno, me quedo, si me animo lo ofrezco.
Estaría bien si cada persona luego de un rato de estar sentada, cediera su asiento, turnarse. Sería como democratizar la comodidad. No, estaría bien que todxs podamos viajar sentadxs como corresponde. No, estaría bien que deje estas conjeturas miserables de mundos ideales, por el sólo hecho de ir sentada y sentirme culpable por eso y por todo lo que describí antes.

No, no animo. Me disminuí y no por ellos, por mí. Por esa ventana que me muestra un lugar externo, por esas cadenas que me hacen resignar hasta el intento. Por esa avalancha que sobrepasa las intenciones y me deja un zumbido permanente, por este cachetazo cotidiano que realza y concreta la paradoja viviente: Una aparente inacción que busca realizarse constantemente.
¿Cómo no hacerlo?

La imagen: 'Manifestación'- Antonio Berni



4 de octubre del 2019