Rendirse es parecido a asumirse: un acto de fe y una responsabilidad concreta, material. Es la aceptación de una existencia perfecta, sólo por ser. Es plantar bandera y ocupar con derecho, el lugar que tenemos, somos y queremos.
Los días que todavía siento el peso ser demasiado grande, me dedico a rendirme. Crecer alimentando los caminos que nos hacen libres y amorosxs.
Me rindo ante el juicio impositivo, ante los límites y el descontrol, ante el abismo de no saber a veces quien soy.
Me rindo ante las frustraciones de los intentos fallidos y las vergüenzas de las intensidades manifiestas, ante la impotencia de las opresiones y la impunidad de quienes las señalan.
Me rindo, ante la vida y la muerte, a la entrega y a lo que resisto por sostener. Me rindo a lo que se tenga que caer, incluso lo que creo digno, incluso el orgullo veneno, incluso mis leyes condicionantes.
A los lugares dentro de mí, a la identidad, al deber y al querer ser también.
Para darme la chance de sorprenderme viva, de descubrirme, asombrarme y abrazarme vacía, rota, desconocida.
Me rindo al regocijo, me rindo a la humildad, me rindo a la entrega y a la recepción: es igual.
A la lucha, a la resistencia, me rindo ante la fuerza y ante la pereza.
Me rindo ante mi cabeza, para que gire, pierda el eje y se lleve con ella la mentirosa entereza. Ante mis piernas en su tracción a donde quieran, ante mi columna con sus molestias.
Me rindo al amor de habitarme, de amarme sólo por ser y permitirme, por hacer merecimiento al lugar que soy, por regalarme la oportunidad de renacer y por placer tomar mi decisión.
Me rindo ante los deseos y me rindo al corazón.
Ante los burócratas ventajeros, ante los discursos del terror, ante los miserables explotadores, ante los voraces sin perdón.
Me rindo y hago fiesta mi rendición, de saberme parte de una historia que busca su verdad y no soporta más el velo de la represión.