lunes, 26 de marzo de 2012

Recorrí las líneas de su expresión,
donde desencadenaba la desesperante obsesión a la fuga.
Busqué inútilmente,
las palabras que no existían en su boca para nadie.
El frío siempre contaminando,
el espacio que nos inundaba y nos abismaba.
Luchábamos contra un muro
de filoso e inocente capricho.
Con una necedad sorda, obtusa,
nos encontrábamos para no escucharnos.
Las palabras que provocábamos, estaban gastadas
y aún así, seguíamos insistiendo.
En cuanto me detuve,
me percaté en su rostro triste,
en su vacío eterno y su penosa incapacidad.
En cuanto me detuve,
me vi a mí misma igual.
En ese momento decidí irme de allí...

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