Suena la alarma (siempre es fea la alarma). Después de unos movimientos automáticos y sorprendentemente certeros logro silenciarla. Me hago un bollito de costado, como si en esa posición estuviera a salvo de toda objeción, desde allí intento traer a la conciencia alguna imagen perdida de las historias que tejió el descanso.

Luego de un instante breve me siento al borde de la cama (sé que si no es breve, vuelvo a dormirme), Hago unos arcos laterales que hacen explotar un montón de burbujitas a lo largo de toda mi columna, muevo el cuello, dejo caer mi cabeza pesada. Comenzó el ritual.
A veces me quedo mirando el placard pensando cómo vestirme, casi siempre recurro a lo último que dejé tirado.
Mi habitación es muy chica, pero es ese espacio que funciona de refugio y donde todo habla de mí. Habitación, habitar, hábitat. Hay una cortina fucsia, casi roja por su intensidad, que tiñe la luz y deja al lugar en un tiempo incierto, es uno de mis detalles preferidos.
Hay muchas fotos, en las paredes, en portarretratos. Frases, escritos, también pegados o colgando de una lámpara. También tengo regalos: una pintura, una talla, un adorno hecho con lanas, más adornos, almohadones... Arriba del placard (en verdad es un escobero) van a parar los libros, papeles, fotocopias y objetos de todo tipo sin destino certero.
Siempre la miro con cariño, como si fuera una muestra del hogar que anhelo construir.
Corro la cortina para que entre la claridad, sea con cielo límpido o borroso por las nubes, amo que entren los destellos de la naturaleza a mi espacio.
Las mañanas se convirtieron en un momento imprescindible y mágico. Es la antesala necesaria para salir al mundo y con-vivir-lo.
Apenas cruzo la puerta hacia el pasillo que dirige al comedor, corre a hacerse oír Tricolor, las más habladora, chillona y revoltosa de las tres gatas y un gato que animan la casa (él es el único macho, a veces le digo "Cacho Castaña"). Les doy de comer mientras pongo la pava para los mates obligados.
Cuando se calman las corridas y los gritos felinos, me siento y me dispongo a la tranquilidad del desayuno. Por lo general dejo al silencio impregnar el momento, soy de las que no soportan muchos ruidos recién despierta. Una vez terminado el ritual puedo salir al encuentro con el mundo exterior.
Ya todo tiene color, humor, olor, cadencia.
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