El galpón es el lugar que más habla de él en el mundo entero. Ahí están las herramientas que juntó durante toda su vida para el arreglo y la creación.
Al entrar, la primera impresión es la de un espacio de otro tiempo, caótico como un laboratorio donde se está experimentando e investigando quién sabe qué. Sin embargo, encuentro una lógica propia, un orden personal indudable. Nada está puesto de manera azarosa, y en más de un tachito hay un rótulo (pocos en verdad, porque él sabe bien dónde tiene cada cosa).
Lleva puesta ropa de trabajo, un jeans viejo y un buzo arratonado. La ropa la remendó y la eligió su mujer. Ella lo dice, él se ríe y lo niega, pero una mueca lo delata y busca complicidad como un nene que quedó al descubierto y sólo puede cerrar los ojos para sentir que no lo ven.
Levanta la pava para cebar un mate. Su mano tiembla sin cesar, producto de un problema en su columna. Su rostro se concentra haciendo fuerza y provoca que yo la haga también. Ahora somos dos cebando ese mate, un desafío emprendido con empeño y con una dignidad de esas que no pretenden vender nada pero te compran igual.
El mate está preparado con particular dedicación. Pese al tembleque consigue respetar el huequito que hizo entre la yerba, que no llega a mojarse toda. Amargo y bien caliente, lo ofrece directamente de su mano a la mía.

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