jueves, 18 de octubre de 2018

Son las tres de la mañana y se festeja un cumpleaños en la casona vieja del barrio. Alicia está parada en medio de unas luces baratas verdes y azules, envuelta en el humo de su propio cigarrillo. Advierte a Martín, que otra vez comienza a acercarse para pararse a su lado y no hablarle. El humo ahora envuelve los dos cuerpos.
Ella, sin girar la cabeza, mantiene los ojos fijos hacia adelante y percibe cómo las manos de Martín se aprietan entre sí. La palma sobre el puño se refriega unas cuantas veces, sube primero hasta el antebrazo, aprieta más fuerte, sube otro tanto y termina por quedarse agarrado apenas por debajo del hombro. Con el pecho cerrado, un poco cabizbajo y una mueca entre incomodidad y vergüenza. Sigue sin emitir sonido y cada tanto la mira, intenta hacerle saber que esta ahí inseguro de estarlo, muestra su acción errática, como si hiciera falta, como si Alicia no supiera, como si él no supiera que Alicia sabe. Existen en un acuerdo tácito que nadie desmiente, pero tampoco admiten.
Se hace la desentendida y se pone a bailar exagerando el gesto de quitarle importancia a ese bloque de tensión que se posó a su lado. Hace que parezca un accidente y provoca un cruce de miradas, se les escapa una sonrisa impulsiva que no saben si es alivio, nervios, ternura o todo eso junto y mezclado.
Sin cambiar de dirección cierra sus ojos, entra en un trance al que lo invita sutilmente en ese mismo código por el que se comunican y se desentienden. Él la mira decidida e intensamente por tres segundos y de manera súbita, rompe el encanto, sale del lugar.
Alicia sólo siente el aire moverse, cuando vuelve de su mambo Martín no está y no hay indicios de su presencia. Ofuscada, busca su vaso de vino y va al baño. Se queda parada frente al espejo y mientras saca un labial para pintarse la boca, se dice:
-Siempre la misma estupidez.

Llovió toda la semana. Las calles están anegadas, de las alcantarillas brota un bullicio intermitente, las zanjas están colapsadas y mi humor también está inundado.
Caminamos por horas en el barro, miro el piso casi todo el tiempo y cada vez que levanto la vista el paisaje es diferente. Una multitud de pequeñas casas amontonadas, todas iguales: la fachada es una ventana, una puerta y techo a dos aguas, se repiten y se suceden, todas juntas son una misma textura en el cuadro. Un campo de tierra fértil, húmedo y vívido, llano y silencioso. Una estepa estéril, amarilla iridiscente, llena de aullidos de alimañas escondidas. Un cañaveral interminable, lineal, sin salida.
Tenés esa manía de significar todo lo que hago, me decís de la mirada al piso... que quiero pasar desapercibida...
A veces te sonrío y te doy la razón, otras me irrito y también te doy la razón y más me irrita.
Para vos es un juego, pero querés ganar, a mi sólo me interesa no patinar y caer de jeta en un charco.
El camino me remonta otra vez a la infancia, eso me confunde.
Es desconocido y familiar al mismo tiempo.
Es ese sueño recurrente, donde los escenarios se mezclan unos encima de otros, es un collage macabro y hermoso que no me deja distinguir racionalmente nada.
Te das vuelta y tu cara es de otro tiempo, llegamos a una casa abandonada y te fascinas sacando fotos. Las paredes tienen más de tres metros de alto, la vista parece nunca alcanzar los techos desmoronados. Están impregnadas de humedad añeja y el aire se vuelve cada vez más denso cuanto más nos adentramos. El piso de madera vieja y podrida, desfondado en varias partes. Persianas llenas de óxido anaranjado, polvo, vidrios rotos, arcadas carcomidas, habitaciones derrumbadas, escaleras de majestuoso mármol blanco y una bañera enorme convertida en un criadero de renacuajos. Un sótano profundo, oscuro, tenebroso, donde es difícil acceder. La entrada es pequeña, la única manera de bajar es dar un salto sin saber dónde se cae y menos cómo se logra salir de ahí. El olor putrefacto cala hasta las entrañas y atravesar el espacio en la oscuridad del subsuelo es la sensación más fiel al miedo que tuve en mi vida.
A mí también me sacas fotos. A veces me agarras distraída, casi siempre poso.
Me aburre que seas predecible, tanto como me angustia no descifrarte.
'La gente que me gusta me molesta' dije el otro día y se rieron.
Yo también me río pero sin gracia, de la angustia, de la ironía.
Seguimos camino y para no ir atrás tuyo me escabullo y te pierdo.
No paro de manifestarme literal e indescifrable, así como me molesta de vos.
Los perros tienen mi cara, los hongos en los árboles también, los pájaros se ríen con mi risa y los gatos maúllan mi nombre.
Todo recortado y pegado, grotesco.
Te las ingenias para encontrarme, o es sólo una casualidad, o una consecuencia. Pero otra vez cambiaste de cara y no sé a quién le hablo. Siempre hacés lo mismo, me encontrás y cambias de cara.
Hay personas que se paralizan por el miedo, yo huyo, me muevo todo el tiempo.
El sol está bajando y no dejamos de caminar, todavía no me entero si hay un destino. Ya pasamos un pastizal, un bosque lleno de musgo y un campo de cardos.

-¿Ahora entendés por qué bailo con los ojos cerrados cuando estás cerca?
Martín, siempre hacés lo mismo, y no se si sos el que se aprieta las manos, el que me saca fotos, el que desaparece mientras bailo o el que pretende ahora que sea razonable, lógica, práctica, concreta.

Está lleno de humo y tus caras cambiantes se desfiguran, se pierden y otra vez todo tiene mi rostro.

Son las cinco de la mañana, siento un mareo insoportable, pero estoy en el trance del que no quiero salir. Las rodillas están tan blandas que no pueden quebrarse, los dedos de las manos son cada vez más largos y se mueven como tentáculos en el agua, la cabeza solo se mece de un lado a otro en un ritmo constante sin golpes, los pies carecen de base firme y sin embargo no dejan de tocar un suelo pantanoso y profundo, todo es elástico y no reconoce el fin.
De vez en cuando hay alguna náusea pasajera, que se resuelve tragando decidida. Tomar agua cada tanto es vital, moverse también, no hay descanso, no hay momento para parar o el detenimiento se comerá al tiempo y junto con el, al humo, las luces baratas y esa casa abandonada donde se festeja el nacimiento de alguien que nadie conoce.

Alicia sale del baño y la secuencia se repite otras veces más, hasta que no para de bailar por unas cuantas horas sin interrupción. La casa quedó vacía, Martin ronda cada tanto y dice palabras pero no se escuchan.
La música se acelera hasta estallar y quedar en un zumbido permanente parecido al silencio.

Las luces se apagan y el cuerpo se me desarma, caigo durante varios minutos y floto al mismo tiempo, estoy sudando frío.
Me despierto con el sol quebrándome la sien, luego de recorrer la médula entera, de abajo hacia arriba, ardiente y lineal. Tengo la cabeza de Martín en el vientre y sus manos heladas sobre mi pecho, llora y balbucea disculpas.

-Martín ya pasó, levantate, vamos que hay que volver. Tu viejo te espera en el taller y yo tengo que ir a vender ropa horrible al local. Vamos, dale, es cuestión de arrancar. Cuando llegue a casa voy a escribir sobre esto y tus fotos van a estar ahí. Siempre me gustaron tus fotos, por eso te dejo que me agarres distraída y cuando puedo poso. Vamos dale, no pasó nada, es cuestión de días y de olvidar.

Martín alza la cabeza, quita las manos del pecho de Alicia, le acaricia la cara y se seca los ojos. Se levantan, caminan callados y sin separarse. El humo se disipa y la vieja casa abandonada queda atrás. Son las ocho de la mañana de un lunes de julio y la vida cotidiana vuelve a su curso con total normalidad.

No vendí nada en toda la mañana, entra al local sólo una señora que revuelve todo y yo siento que hace lo mismo con mi estómago. Habla sin parar, se queja de su cuerpo, del clima, de lo irrespetuosa que es la gente en la calle y no se cuantas cosas más porque dejé de escucharla o todo lo que dice me parece igual.
Camino hasta mi casa, tan rápido como puedo. Llego, prendo un cigarrillo y llamo a Martín. No contesta. Le escribo 'mandame las fotos'.
Pasan tres horas y me responde
'Alicia, ¿cómo estás? tanto tiempo... No sé qué fotos querés que te mande, las que tenía las borré como me pediste la última vez que nos vimos'
Quedo paralizada por varios minutos y otra vez estoy envuelta en humo, en la casa, en el campo, en el barro, en el bosque, con los rostros de Martín y los míos por todos lados, todo pegado. Me ahogo, me caigo, otra vez no, otra vez...
Salgo corriendo. Tomo el camino a la casa abandonada. No siento las piernas que se mueven por inercia, sólo el calor que me está quemando. Paso por el cañaveral, piso los charcos, atravieso el bosque donde los hongos tienen mi cara, me lastimo los brazos pasando entre los cardos. Llego, me desvanezco. Me despierto y es de noche. Estoy fría, sucia y con varios raspones. Escucho la voz de Martín que me llama desde el sótano, me levanto rápido. Está ahí, supo que fui, no sé cómo pero lo supo y me hizo un chiste hoy a la tarde cuando hablamos. Está ahí. Salto para entrar al lugar del miedo.
-Martín, sabía que ibas a venir. Bueno en realidad no lo sabía, pero ¿por algo estoy acá, no? Lo sabía sin saber, vos me entendés. Acá no se ve nada, vamos afuera, no me gusta estar acá, pero me tranquiliza si estás vos. Martín... Martín...
El silencio dura una eternidad, lanzo manotazos buscandoté y lo único que consigo es chocarme telarañas y paredes húmedas. Me tiembla todo el cuerpo, grito y lloro desesperada hasta que me canso. Me tomás las manos y grito con las últimas fuerzas que me quedan, me abrazo a vos y lloro un poco más. Me cantas bajito al oído una canción que cantaba en mi infancia, tenés mi voz, te recorro con mis manos y también tenes mi cuerpo. Te suelto espantada y trepo la pared para salir. Salis atrás mío, me pedís que frene. Me doy vuelta, tenés mi cara. Volves a tomar mis manos y mi miras fijo con tus ojos que son los míos y decís:
-Alicia, tenés que entenderlo: no existimos más que en vos.

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4 de octubre del 2019