miércoles, 25 de mayo de 2011

Cada vez que acudía a su encuentro
volvía con el alma mutilada.
La última vez fue sólo su cuerpo,
porque los restos de su alma
habían sido devorados
por los buitres de su propio infierno.
Era su crueldad 
la más espantosa calamidad.
Se miraban con desprecio,
con la más inmunda repugnancia.
Jugaban a lanzarse 
al cruel vacío del despojo.
Quedó estupefacta, 
eran ella y su reflejo.
Y él, absuelto. 
Justo miraba para otro lado...

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