Como un halo de luz que se escurre por las hendijas de una persiana,
ella tenía su mirada posada en aquel rostro, intentando ver a través de sus silencios.
No sabía cómo había llegado hasta ahí, pero entendía con convicción que moverse era la única opción si quería permanecer con vida.
Ese pensamiento tan claro y preciso se esfumó cuando se percató en su cuerpo paralizado,
como si una fuerza comprimiera cada músculo y el aire tomara una densidad imposible de atravesar.
No podía pensar ahora, más que en ese estado.
Afuera todo se confundía, la luz era cada vez más tenue y perdía toda noción de tiempo y espacio.
Se desintegraba en una gran sombra.
No sabía siquiera cuanto tiempo podía estar sin parpadear,
como si las funciones más primarias también hubieran sufrido el detenimiento.
Casi sin querer sintió un estallido a su lado.
No podría precisar su magnitud.
Pero ese fue, sin duda, el gesto que la devolvió de la muerte.
lunes, 12 de agosto de 2013
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