Hubo un tiempo, lo recuerdo.
Había una niña carente de voz y vos.
No había espacio para decir,
entonces había que tragar.
Ella tragaba, recuerdo.
Todos conocen el final ineludible.
La explosión llegó
y brotaron desenfrenadamente
los años de mutismo hechos canción.
Abracé a esa niña, recuerdo.
Lloramos juntas el dolor del abandono,
ya no de alguien sino de nosotras mismas.
Nos hicimos una.
Mujer, sí.
Identidad: no hay falencia que no te constituya.
Pero ahora,
ahora es exceso.
Recuerdo cuando no podía hablar.
Pero ahora, ahora que puedo, es exceso.
Ahora no quiero hablar más.
(Siempre la jodida contradicción)
¿Para qué? ¿Por qué?
No quiero hablar, no así.
Me aburrí de las palabras.
Se usan tanto...
Exceso.
Y escribo, exceso.
Y también me aburro, exceso.
Pero hablar, hablar es distinto.
Y yo me aburrí.
No quiero escucharte,
no es que no me interese, por favor.
Pero no así.
No quiero hablarte,
no es que no me interese, por favor.
Pero no así.
Exceso.
No hace falta, te juro que no.
No hagas caso a éstas palabras,
a ninguna palabra.
Sólo te pido que me veas
sin temor, sin barreras,
que me veas sin excesos.
No es que vayas a ver gran cosa, ni tan poca.
Vas a ver lo único que tengo para dar.
No me interesa usar las palabras para esconderme,
pero es inevitable, ya sabés...
Las palabras no son, las palabras dicen.
Y yo no quiero que digas que me tocás.
Yo quiero que me toques.
Y quiero por supuesto, tocarte también.
(sé que nos tocamos, pero ponemos las palabras en el medio: exceso)
martes, 3 de noviembre de 2015
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