Habían pasado largos días sin verse, lánguidas horas sin hablarse, extensos meses sin tocarse, interminables minutos sin saberse. Al momento del reencuentro se miraron fijamente en silencio, se abrazaron respetuosa e intensamente, como en un acto de ofrenda mutuo. Inspiraron, exhalaron a un ritmo constante y vertiginoso, fueron respiración. Tejieron, casi imperceptible, todo lo ocurrido durante ese tiempo, durante toda esa vida vivida que los dejaba hoy en ese lugar, inventando esa maraña de mundos, nuevo mundo.
Ninguno se atrevió a nombrar nada, sabían en lo más hondo de sí que los constituía íntimos, aquellas cosas sin nombre que merecían sólo ser y explicarse por sí mismas. Comprendían que hay lugares donde las falencias construyen.
lunes, 1 de febrero de 2016
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