Estaba con enorme atención siguiendo las delgadas y largas líneas del suelo, las grietas, las rajaduras y los cortes que daban paso a nuevos y numerosos senderos.
Un cuerpo la distrajo, al hacerse presente a su lado.
Miró de reojo y volvió a su tarea primera. Pero a partir de ese instante, ya no podría volver a enfocar su pensamiento en el piso.
Sintió una enorme fuerza que la obligaba a mirarlo, una fuerza ancestral, profunda, decidida.
Fuerza que no podría resistir, fuerza a la que sólo podría ceder.
Y cedió.
Comenzó allí, un recorrido complejo, iniciándose en los pies.
Fue avanzando y subiendo, con una adrenalina que aumentaba en el transcurso del viaje.
Pasó por uñas, pelos, pliegues, lunares, huesos salientes, fragmentos hundidos. Músculos tensos, y pedazos de piel en reposo. Imaginó y construyó para sí, todo aquello que no estaba al descubierto.
Cuando creyó haber terminado, se cruzó con sus ojos. A partir de ese momento y en los sucesivos días de su vida se sentiría desnuda, despojada, vulnerable, y sin retorno...
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