La tierra se movía, dividiéndose las masas con furia.
Las paredes empezaban a desprenderse en pedazos que caían sobre nosotros.
Te cubrí como un pequeño manto deshecho.
Puse tu rostro entre mis brazos y te salvé.
Un río de sangre hirviendo comenzó a correr de manera violenta y acelerada.
Iba en dirección a tu cuerpo, tendido y cansado.
Miré mis manos y con ellas tomé tus hombros y te salvé.
Me pusiste los ojos encima con recelo y enojo.
Llorando, me pediste que no te salvara más.
También dijiste que me extrañabas.
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