Pienso antes de escribir y no escribo.
Cada palabra es un error.
No tengo que hacer esto, no tengo que hacer nada.
Pasa por encima, pisándome el vientre,
dejando surcos en mis mejillas.
En los movimientos sísmicos no hay calma.
Escucho: "va a pasar..."
¿Qué saben? ¿Cómo saber si "va a pasar"?
No hay respuestas, hay excusas para seguir.
Lo que no entienden es que no las necesito.
Puedo caminar, aún con este dolor.
Puedo caminar, aunque tenga que reprimir esta convulsión.
No es fortaleza, es costumbre.
Aprendí a convivir con ausencias y espacios vacíos.
Los llevo colgando del pelo y pendiendo de mis dedos.
De tanta muerte, me siento vida.
Me alcanza el intento, me sobra la entrega.
No se de manejos, ni de racionalizar sentimientos.
Esa es la virtud que me condena.
Un intento inútil, absurdo, tonto, vacuo,
es buscar algún pensamiento acabado que transforme este pedacito de alma.
Sin muchas explicaciones ni justificaciones,
lo siento y es lo único más real que llevo.
Hay consecuencias innegables,
hay impulsos irrefrenables.
Y hay un centenar de frases que no escribo,
porque son cuchillos.
Esas me las guardo por humanidad.
martes, 19 de agosto de 2014
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