Incontables veces rondó esa idea en mi cabeza. Intenté definirla, protegerla, salvarla y también destruirla.
Escribí interminables líneas, esperé largas noches, tuve sueños que supuse reveladores. Me embriagué buscando la respuesta a su nombre, entre el éxtasis y la locura.
Mereció el tiempo y la energía de mis días, para que ahora se dibuje en un estado constante de credulidad.
¿Acaso podría hacer otra cosa?
Más que abandonarme al buceo, volviendo a un inicio interno, a la premisa primera, a esa idea fundante. A una célula originaria que nombro amor. Porque quiero, porque elijo, porque es mi resignación o mi mayor redención.
Necesito decirlo, aclararlo, despejarlo.
Si llegué hasta acá es por su potencia que me habita y me empuja; y porque para vivirla, para entregarse, para atreverse a renacer y volverse desnuda, hay que sacudir los restos muertos y lanzarse a la osadía de un nuevo tiempo: fértil y desconocido.
Todo está por hacerse, por fundarse. Tengo que aprender a caminar como un ciego con los sentidos internos bien despiertos. Amiga de la oscuridad, cuando vuelva el día, las claras me darán un nuevo fuego.
Ahora estoy en el silencio, en la ausencia de pretextos para decir algo. Haciendo espacio. Limpiando y habitando el vacío. Sin foco, sin tópico. Dejando que todo se mueva en una sutil vibración que quizás te adivine y te resuene. Parecido al momento previo del inicio, a la antesala de máxima tensión, antes que se produzca el estallido y seamos manifestación.
martes, 3 de abril de 2018
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